Se incorporó, al leve ruido que llegó hasta sus oídos, se erizó. Petrificada al sentir las voces que le susurraban.
Se encontraba sola, nunca en su vida se había sentido tan sola. Jugaba con su propia sombra, y conversaba con el silencio. La oscuridad y el vacío se habían convertido en sus confidentes, siempre tan sola, tan callada, vivía hablando hacia adentro, siempre a sí misma. Sus cansados ojos reflejaban la juventud triste que vivía producto de su oscuro y triste pasado, su lucha contra su propia inseguridad, su miedo a las palabras de los demás. Su fina sensibilidad que le jugaba en contra, siempre debilitándola, agitando la tempestad que vivía dentro de sí misma.
Una lágrima recorría su mejilla mientras, sumida en su propio abismo, imágenes llenaban su mente. Imágenes del pasado, felices, y tristes, que atormentaban su psiquis. Buscaba en los recovecos de su mente, alguna explicación a estos cambios, pero al no encontrar la respuesta, desesperaba y se ahogaba en un mar de odio a si misma. Forzaba una sonrisa que era quebrada por la tristeza que invadía. La alegría había abandonado su cuerpo.
Pero un día, el sol volvió a aparecer detrás de las nubes que la acompañaban, fue una extraña situación. El la veló y la guió, la escuchó y la aconsejó. Era el único que la entendía de verdad. La guió por el camino, siempre ofreciendo su luz, luchando contra la oscuridad que aun expelía de ella. Le enseñó lo que era una sonrisa verdadera, y le ayudó a enfrentarse con optimismo.
Y así ella volvió a ver el camino. Había empezado otra etapa en su vida..