Escucho el clamor de la lluvia como un lejano rocío que golpea el ventanal. Un sentimiento me invade, de paz y soledad, una emoción tan ínfima en un mundo tan grande como este, y me siento segura, protegida.
Escucho el silencio que invade las paredes de mi hogar, ya que en este momento tal concepto invade mi cabeza, aunque en otras ocasiones lo hubiera clasificado como loco. El tic - tac de un reloj olvidado, que grita por se escuchado, es lo único que acompaña el diluvio. En este momento tengo muchas cosas en mi mente, pero entre todas ellas está esa pequeña felicidad, de que por un día en la vida estoy conforme de quien soy.
La lluvia acaba de irse por la puerta y ahora el silencio me acompaña, interrumpido insolentemente de vez en cuando por uno que otro ruido que es parte de la rutina, de esos sonidos que tenemos incorporados por inercia en nuestro organismo.
Siento que allá afuera hay un mundo bravo y sediento, pero que hoy pareciera haberse calmado, que el frío hasta conmovió a los corazones más duros, y la lluvia los alimento de fe y optimismo. Es extraño que llueva en octubre, cuando en vez debería haber sol y las estrellas deberían estarme acompañando. Puede que se esté acabando el mundo en este momento y aún no me doy cuenta de ello. ¿Y qué hago en estos momentos? Pues muy simple, aquí yazgo escribiendo y pensando en ti, en una trivialidad, casi azar, que pudiera ocurrir.