Me encuentro sentada en la alfombra, mirando nuestras viejas fotos. Afuera la ciudad se mantiene despierta, mientras la lluvia golpea mi ventana y deshace la actividad de un lugar que irradia soledad. Me saqué los zapatos, pues mis pies ya no daban más con el ajetreo diario del trabajo. La alfombra acaricia mis pies y me reconforta, me invita a recostarme en su mar de suavidad.

Giro las hojas de nuestro último álbum fotográfico y miro nostálgicamente nuestras sonrisas y miradas. Esas miradas que delataban un amor profundo el uno hacia el otro. ¿Qué habrá pasado con nosotros? Observo los lugares inmortalizados que fueron cómplices de nuestro amor. La envidia que nos tenían los viejos, porque su amor ya no era el mismo y la envidia de los jóvenes, porque los carcomía la soledad.

La música suena suavemente, un jazz acompaña mi tristeza, alimentada por una copa de vino que remueve mis entrañas. Todo lo que huelo, veo y escucho me recuerda a tí, todos los rincones de mi departamento en donde me hacía el amor tienen vivo un recuerdo de ti.

Mi celular destella y comienza a vibrar, lo observo mientras gira sobre sí mismo, insistente a que vaya a contestar, mientras yo deseo a que fueses tú el que fuera a llamar. En este momento no deseo hablar con nadie más que tú.

La televisión se encuentra muda, destellando imágenes de una novela barata, de hombres y mujeres que se aman apasionadamente hasta la eternidad, ¡Vaya fantasía que no se acerca ni más mínimamente a la realidad!.

Tomo el celular y lo observo, busco en la agenda tu número, y luego lo dejo en la alfombra. Enciendo un cigarro, y lo dejo consumir en el cenicero, mientras me hago el valor para llamarte, todo tipo de pensamientos circulan en mi cabeza, ¿Y si no quiere hablar conmigo? ¿O contesta otra mujer? ¿A lo mejor cambió su número? O peor aún, ¿A lo mejor se cambió de ciudad?

Una leve esperanza permanece en mí de que tú también estés como yo, divagando en los recuerdos de nuestro pasado.

Decido llamar. Acerco el celular a mi oreja.. y su sonido monótono me deja colgando de un hilo hasta que...

Tu voz aparece al otro lado de la línea:

-¿Aló?

Me quedo muda, se me cierra la garganta y sólo se me ocurre decir:

- Soy yo..

Tú te quedas mudo por un momento, mientras mi respiración agitada delata mi estado deplorable por el teléfono. Luego me dices:

- Espérame en la tienda de la esquina.

La línea se corta y me quedo con el teléfono en la mano. Rápidamente me incorporo, y boto la copa de vino en la suave alfombra que me acogió en mi congoja. Me pongo mis zapatos y corro hacia la calle.

Afuera el cielo está que se cae. Tú llegas a mi encuentro corriendo, me tomas y me besas largamente, la lluvia apaciguando nuestra pasión.

Volvemos a mi departamento, nos metemos en la cama y nos amamos como nunca lo habíamos hecho. Luego conversamos mientras tú acaricias mi piel y yo tu pelo. Una conversación que duró horas, sobre lo pasado, lo presente y lo futuro. Afuera ya no llueve y se escucha el cantar de los pájaros. Es ahí cuando tú me miras y me preguntas ¿Cuándo comienzan a cantar los pájaros?

Despierto en la alfombra, nuestro álbum de fotos a mi lado, el cigarro consumido y la copa de vino manchando la alfombra
El reloj marca las 5.30 a.m.