La noche está más quieta que nunca. En un eco distante se escucha el clamar de un perro, avisando la presencia de alguien, o protestando la negligencia hacia su ser. Se estremece con cada ladrido que emana de su cuerpo canino, áspero al tacto.
Un hombre se acerca a él, y le hace un gesto amistoso, con lo cual él can baja sus defensas, agacha la cola y gime, desesperado por un poco de cariño. Lo acaricia un buen rato, el áspero pelaje raspando la palma de su mano mientras el can mueve amistosamente el rabo en signo de aprobación.
El extraño se incorpora y enciende un cigarrillo, para así poder vencer el frío de la noche. La calle se encuentra desierta. Las casas parecen habitadas, puesto que en algunas ventanas se pueden ver luces destellantes y siluetas agrupadas en su interior. Es navidad, y todos se encuentran celebrando y compartiendo en torno al árbol navideño.
Hurgueteando en sus bolsillos, sus dedos se encuentran con una caja pequeña adornada por un humilde lazo. Un obsequio, que sin duda, fue comprado con el mejor de los esfuerzos. Nuestro personaje saca el pequeño obsequio desde dentro de su abrigo. Adosado a él hay una pequeña nota adhesiva que tiene unos garabatos escritos:
El hombre observa atentamente la nota y luego camina unos cuantos pasos, hasta parar al frente de un viejo cartel, que está doblado y oxidado por las incesantes lluvias que atestan la ciudad. Al comprobar minuciosamente que la dirección de la calle coincide con la escrita en el papel, él apaga su cigarrillo con un pisoteo bien firme, puesto que claramente, ellos no aprobarán su vicio. Nuestro personaje se encamina de vuelta a la casa del perro que ladraba, pero que ahora lo invita a jugar. Se queda parado un buen rato frente a la reja, como si quien aún no tomara una decisión, para luego después de mucho pensar, con un paso lento e inseguro abre la rejilla del 182 y toma el pequeño camino que atraviesa un jardincito muy bien tenido y adornado con todo tipo de plantas, que llega hasta una puerta en donde cuelga una bella corona navideña adornada con muérdagos.
Antes de proseguir es necesario develar a nuestro extraño. Por el momento sólo puedo decir que su nombre es Osvaldo Briones, y que tiene 30 años. Su vida, procedencia y qué lo trae a Los Bodahones, 182, en noche buena, es un cuento amigos que continuará....

